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El sonido que hacen los elefantes

  • Foto del escritor: Phine
    Phine
  • hace 13 minutos
  • 8 Min. de lectura

La confianza en la amistad



-       ¿No quieres ir al concierto de Gloria Trevi con María? Tengo un viaje que no estaba considerado y se van a perder los boletos….

-       ¿Cuándo es?

-       Pasado mañana

-        No sabía que a María le gustara la Trevi

-        A María no, a su mamá. Conciertazo. Me lo voy a perder…

-       Fíjate que una amiga que siempre va a verla me dijo que éste la decepcionó, igual no te pierdes de nada…

-        A ver, averíguale… ‘tons ¿si te vas con ella?

-        Déjame ver cómo ando y te aviso mañana

——————

-       Oye Gaby, el concierto que me contaste de la Trevi es el del tour “fiesta”?

-       Si ¿por?

-       Digamos que igual y voy, me están dando un boleto

-       ¿Comprado o regalado?

-       -Regalado-

-       Ah, si es regalado si ve… ¿con quién vas?

-       Con María, la hija de una amiga

-       ¿Y cuantos años tiene?

-       18

-       ¿Y porque  va contigo?

-       Porque al final su mamá no la puede llevar

-       ¿Y porque no se va con una amiga?

-       Es que María, tiene discapacidad

-       Mi Loli, entonces el concierto es lo de menos

-       ♥️ así es.

____________

-       Oye, ya revisé y organicé acá mi vida para ir con María

-       Ok, entonces pasan por ti a las 7:15

-       Ok

-       ¿Estás nerviosa? No pero, oye… gracias por la confianza y por decidir que María puede ir conmigo (puchero, se quiebra la voz)

-       ¿Qué te digo?  ya voy a llorar… (se quiebra la voz)

Así empezó la travesía.

_________


Mil veces he ido al auditorio y mil veces he estado con María, vaya, la conozco desde que tenía 29 días de vida; pero esta vez, era diferente.


Íbamos a ser solo ella y yo, sin la contención de su mamá, fuera de nuestra zona de confort, (o al menos de la mía), en un concierto, con estímulos que podrían alterar a cualquiera, y con gente… mucha gente.

Era esto una prueba de fuego… esto era la selva.


Sin contratiempo alguno gracias a Abel  y al personal de apoyo a personas con discapacidad del auditorio, y con al menos una hora de anticipación, muy sentadas estábamos las dos en nuestros lugares.


Ahora si empezaba la bueno. Estar con María sentada en una triste butaca en lo que empezaba el concierto y hacer que su tiempo fuera de calidad.

María obvio que me pidió jugar a la Mari Mari Mar y algunos otros juegos de manos. Esa parte, la tengo perfectamente dominada.  Hasta ahí todo bien.

Al ratito llegaron los primeros dos vecinos de asiento y empezó el circo.


-       ¡Holaaaa! ¿Cómo te llamas?

-       ¡Hola! Daniela ¿y tu?

-       Me llamo María ¿Me prestas tu teléfono? Al tiempo que se lo quería quitar

Me lleva el tren, ya va empezar la hora  social de esta cabezona… eso pensé

-       María, ven voltéame a ver…

-       ¿tú conoces a Daniela? No

-       ¿Te prestó su teléfono? no

-       ¿Vienes con ella? No

-       ¿Con quien vienes? Con Lola

-       Bueno entonces tú, platicas conmigo

-       …. No hubo ni un sí ni un no, solo ojitos pensativos.


Corte A:

-       ¡Holaaaaa! Me llamo María

-        Hola María


En ese momento, saqué mis antenitas de vinil  porque el tono de Daniela ya no era tan efusivo como en el primer saludo, así que volví a hablar con María. Yo creo que se agüitó porque se puso seria y de pronto empezó a moverse muy fuerte en la butaca y su cara se empezó a transformar en esa carita de angustia que hace cuando, según entiendo de lo que me ha explicado su mamá,  no sabe qué hacer con sus emociones. Les tiene que dar cauce, pero no le resulta  fácil. Si nos cuesta trabajo a ti y a mí, podrás entender que ese proceso es más lento para ella. Aún sabiendo eso me empecé a poner nerviosa, porque pensé, si empieza a llorar, no va a parar (ya he visto cómo transitar de una emoción a otra, la puede desorganizar)


Le pregunté que qué tenía y no me contestó, por el contrario, se empezó a mover más fuerte en la butaca al mismo tiempo que yo veía la cara de la vecina Daniela. Me volví intérprete. Interpreté su mirada. “Ojalá esta niña no se mueva todo el tiempo, ni me quiera saludar todo el tiempo, ni me vaya a querer quitar mi celular todo el tiempo.”


En calma y poniéndome a lado de María le dije, “ mira chaparrita,  no te muevas tan fuerte porque se mueve toda la “fiiii”…. esperando que ella se concentrará en mis palabras,  y completará la frase, ella atenta, lo hizo, “…la” me contestó. Exacto María se mueve toda la “fila”. Se quedó pensativa y a los dos minutos ya se estaba moviendo con fuerza de nuevo. Me concentré y volví a preguntar. Esta vez no fue un ¿qué tienes? Sino un ¿quieres ir al baño? Si, me dijo. La intenté parar y no quiso. Me dijo que no. Pero la observé y algo estaba mal.  Me senté de nuevo y le dije que si quería ir al baño este era el momento antes de que empezara el concierto porque además se iban a apagar las luces y no íbamos a ver nada. Hubo calma y de pronto me dijo pipí. Más en calma dijo “baño” acompañado con lenguaje de señas. La ayudé a levantarse y fuimos volando o casi volando porque el concierto ya estaba a punto de empezar y había mucho tráfico de gente… gente… pinche gente.


Cuanta indolencia vi en ese tramo. María se detuvo temblorosa y me dijo que tenía miedo. Le pregunté que si confiaba en mí y me dijo que sí, le dije que entonces se agarrara fuerte y que caminara conmigo.

No me pude quedar a pelear con todas las personas que nos cerraron el paso porque teníamos una urgencia que hacía que María caminara más rápido mientras me decía pipí, baño, pipí

Después de dar una  vuelta sin sentido por no saber entrar al baño de discapacidad, llegamos a tiempo; pero en ese momento, ahí sentadita María volvió a hacer su cara  de angustia y su respiración se agitó. ¿Qué pasó María?, pregunté, ella me volvió a decir que tenía miedo, le pregunté de qué y me dijo que de un golpe. Le volví a preguntar que si confiaba en mí, y me dijo que sí. Le dije que no iba a dejar que nada le pasara.


No muy convencida se levantó y se vistió pero me volvió a decir algo del miedo. No me enganché y  salimos del baño directo al lavamanos, ahí, por algún motivo, o más bien, porque así es la mente de María, me dijo que le gustaba el sonido que hacen los elefantes. Esa frase es como un ancla para ella. Cuando la dice, la intención del que la escucha debiera ser sacarla del ciclo, pero en ese momento yo la necesitaba ahí, ciclada, porque así me iba a ser más fácil llevarla a su lugar de buenas y pensando en el sonido del elefante en lugar de estresada y nerviosa. Entonces  me acordé de una canción que yo cantaba en el kinder y la empecé a cantar; que dicho sea de paso, gracias a mi memoria de elefante se logró el cometido y venía perfecto al caso.


Mirarás allá, que en el cielo va, es un animal que en bicicleta va.

¡Es un elefante! ¿O es que no lo ves?

Con su trompa por delante y su cola por detrás.


Me volteó a ver María y su carita se volvió a iluminar.  ¿Cómo hacen los elefantes Lola? Y pues yo en el pasillo del baño empecé a barritar y así barritando y agarradas de la mano llegamos perfecto a nuestro asiento, una vez más.


Rápido la senté en el otro lugar, ya no junto a Daniela. Decidí que iba a ser frontera entre ella y mi niña. Porque es que cuando estás en una situación así hay que ser empático con todos. Tanto como con María, como con las personas que no saben enfrentar  la discapacidad.  Pero mi empatía no iba a ser más hacia Daniela, la mía iba para María  y de refilón para ella; pero ojo, no  quiero decir que Daniela estuviera siendo fea persona, solo que en general la discapacidad no la sabemos abordar.


Luego de mis conclusiones y de ver el reloj le dije a María que no se fuera a espantar porque ya no tardaba en empezar, “acuérdate que van a apagar las luces y el sonido va a estar fuerte”. Ella asintió. Empezó el concierto y claro que María se asustó pero rapidito se repuso y empezó a gritar con un timing perfecto al unísono de todos los demás. La gente le tomaba fotos a la Trevi mientras yo le tomaba video a María. Me conmoví y lloré de alegría. Le di gracias a Dios por la oportunidad de compartir con ella y la seguí grabando, observando, estudiando.


María y yo teníamos un diálogo tácito. Cuando quería bailar, me agarraba la mano como indicándome que era hora de levantarse, cuando le preguntaba si se quería sentar era porque se quedaba quieta. Ella también observaba y estudiaba todo. Yo le pregunté si conocía el instrumento que se veía en la pantalla y me dijo que no, yo le dije que era la trompeta y ella repitió “trompeta”; ella me señalaba las luces y las pelotas, yo le enseñé el saxofón y ella repitió “saxofon”. Le dije que viera el vestuario de la Trevi, que se fijara en la botas verdes, en las botas con lentejuelas, en los vestidos, en las bailarinas… a todo me dijo que si, excepto cuando ya casi al finalizar el concierto le pregunté que sí ya se quería ir.  Ahí me dijo que no, le pregunté que si nos íbamos hasta que terminara y me dijo que sí. Nos quedamos entonces.


Ella sabía que se acercaba el final del concierto y sé levantó cuando nos pusieron la de pelo suelto, volvió a gritar, bailar, movió su pelo suelto y yo con ella.


Toda la noche quise captar una foto de ella levantando la mano pero no pude hasta ese momento, hasta ese mágico momento en el que ella lo estaba dando todo.


Diez segundos antes de que acabara el concierto, llegó la chica de personal del auditorio para ayudarnos a salir. Nos abrió paso entre la gente indolente. La gente se iba orillando a la instrucción de la chica del auditorio y así íbamos caminando entre dos vallas de personas. Me sentí bicho raro en exposición, pero María no, María en actitud Gloria Trevi, pareciera que iba diciendo “ábranse perras” jajajaja (para los que no saben hay una canción de Gloria Trevi que eso dice) todo mientras Maria seguía gritando y bailando con una emoción desbordada. A mi me hizo fuerte, se me olvidó el mundo.


Hasta que llegamos al elevador. Otra vez la gente indolente usando el elevador. Yo tragándome el coraje. Nos subimos y una señora y su esposo con nosotros. Lógicamente María se presentó pero ahora con unos gritos que nada se le entendía. La señora la observó con ojos de miedo pero curiosos. Ahora me convertí en traductora. “Ella es María y viene sumamente emocionada” dije. La señora sonrió y le dijo,  -vienes feliz-. Le tocó el hombro y se lo sobó cariñosamente. Digamos que hizo lo que se pudo.

Salimos del elevador y a lo lejos ya estaba Abel. Listo para detener el tráfico, guardar la andadera y asegurar que nuestra dieciochoañera tuviera puesto el cinturón.


Ya en el carro le dije a María que le contara a Abel que le gustó más, y ahí estaba mi inception. Las botas verdes, las lentejuelas, las pelotas, las luces…. Pero de pronto, esa Maria que no necesita inceptions de ningun tipo, y con todo lo genuina que puede ser nos dijo… “Los gritos, me gustaron los gritos”


Y yo me volví a llenar de sorpresa y admiración. Ahí estaba ella de nuevo enseñándonos como atendió su necesidad de gritar y no solo la hizo visible sino poderosa.


-       ¿Te gustó el concierto, María?

-       ¡Me gustó muchísimo!


Yo en silencio me quedé pensando -a mi me gustó más mi niña… a mi me gustó más-


Y es que María, bien vale una misa, pero un concierto, también.





Gracias Margara, Gracias Germán. Gracias María Farfalla de mi corazón.

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