• Ana Elisa P.

Entre la utopía y mi experiencia


Desde que me inicié en el camino de la discapacidad entendí y abracé el concepto de inclusión en toda su magnitud. Quienes buscamos la inclusión queremos que nuestros hij@s puedan ejercer sus derechos plenamente sin excepción. Queremos que vivan una vida sin discriminación, ni positiva ni negativa. Que sencillamente puedan “ser” en toda la extensión del concepto.


Los padres en muchas ocasiones somos las voces de nuestros hij@s, por ellos debemos abogar y para hacerlo debemos entender las reglas escritas y no escritas del mundo en el que vivimos. La Constitución de los Estados Unidos Mexicanos contempla a nuestros hijos como sujetos de derecho a todas las garantías individuales. La Convención de los Derechos de las Personas con Discapacidad, suscrita por México y muchos otros países, ante la ONU, claramente estipula el derecho a la educación, al trabajo, a la cultura y a la vida en sociedad. La accesibilidad universal y el concepto de ajustes razonables también son dos poderosas herramientas para buscar abrir espacios para nuestros hijos.


En el mundo ideal, en el mundo que trabajamos todos los días, en el mundo que vemos cada vez más cerca, en utopía, nos regimos por lemas como:

  • La diversidad es tener un lugar en la mesa, inclusión es tener una voz y pertenencia es que esa voz sea escuchada.

  • La diversidad es un hecho, la inclusión es una acción.

  • La inclusión no es invitar a la gente a lo que ya existe, es generar nuevos espacios que sean mejores para todos.


En ese mundo utópico:

Que tus hijas jueguen con mi hija, no es un favor. Lo hacen porque mi hija puede ser una gran amiga.


Las personas con discapacidad no son angelitos, son personas que, igual que nosotros, tienen días buenos, tienen días malos, batallan y disfrutan la vida.


Que una escuela o una academia de ballet acepte a mi hija, no es la excepción a la regla, es un derecho.


Que un niño tenga un gesto afectuoso con mi hija, no es compasión, es porque puede enamorarse de su gran corazón o sentido del humor.


Que un teatro o un museo cuenten con accesibilidad universal es absolutamente habitual.


Que los hoteles vean a las personas con discapacidad como un huésped más, cuya solicitud debe ser atendida como cualquier otra.



Pero en mi experiencia, no vivimos ahí todavía. Utilizando una magnifica frase que acabo de adoptar como mía, aquí lo digo y aquí mismo lo niego. En el camino hemos tenido que agarrarnos de las excepciones, de los favores, de los esfuerzos que, aunque es cierto, se han ido normalizando, siguen siendo casuísticos.


Sí, sí muero de emoción cuando una amiga la busca, sí quiero lanzar cohetes cuando la incorporan en actividades que ella ama, como ha sido la danza. Sí, sí se me pone la piel chinita cuando pienso que pueda amar y ser amada. Y no, no es un angelito, pero es un ser especial que trajo un mensaje al mundo.


Entonces como se dice cuando la batalla lo amerita, seguiré peleando con garras y dientes por la inclusión y porque se respeten sus derechos. Seguiré peleando porque Ana Lucía pueda “ser” sin excepciones. Pero en secreto, y con todo mi agradecimiento, en mi corazón amo a todas esas personas que se han salido de su camino y se han permitido conocer a mi hija y acompañarnos en este andar.

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