Padres de Hijos con Necesidades Especiales |  2019  | phineblog@gmail.com

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13 de enero de 2009

23 Nov 2019

 

Con 4 meses de embarazo, disfrutábamos del último día de un lindo viaje a Orlando con la familia. Además de pasear y divertirnos, habíamos comprado algunas cositas para nuestro esperadísimo bebé, no era gran cosa, pero nunca antes había comprado algo con tanta ilusión. De pronto, un pequeño incidente me hace saber que algo anda mal. Hablamos de inmediato con el doctor y nos indica que en cuanto el avión aterrizara en la Ciudad de México -lo cual sería ese mismo día a las 10.30 pm- nos esperaba en el hospital. Mientras tanto no debía moverme, no debía hacer esfuerzos pero, sobre todo, lo que yo sentía era que no podía ni respirar de la angustia que sentía.

 

Por fin llegamos al hospital. El doctor y mi hermana ya nos esperaban. Tres maletas enormes, una carreola súper ultra pro color verde, lista para ser usada por mi bebé, una embarazada cansada y un esposo asustado, entramos al consultorio del doctor; me revisó y enseguida dijo, “tienes una amenaza de aborto, el cuello de tu matriz está abierto 1 cm; vamos a intentar llegar a las 28 semanas -en ese momento tenía entre 18 y 19-, pero no se hagan ilusiones, porque como veo las cosas, es muy probable que no lo logremos”.

No recuerdo qué pasó después de eso, pero quiero pensar que si ahora mismo que lo escribo estoy sintiendo un nudo en la garganta y otro más en el estómago, en ese momento he de haber sentido como miles de bombas estallando por todo el cuerpo, o quizá no sentí nada, me bloquee, me apagué, para no pensar, y hacer de cuenta que nada de eso estaba pasando.

 

Lo siguiente que recuerdo es estar ya en casa de mis papás, quizá a las 12 ó 1 de la madrugada, llorando, el Pa abrazándome muy fuerte, mis papás y mi hermana a los pies de la cama acompañándonos.

 

Está por demás decir que durante la espera tendría que estar en reposo absoluto, a-b-s-o-l-u-t-o, así que esperaría en casa de mis papás, mientras el Pa de esta familia, iba y venía al trabajo, a la casa a ver los perros, a casa de los suegros a ver a la Ma, al súper, a la tintorería… además de resolver los múltiples encargos que esta mujer-controladora-embarazada-en reposo le pedía -este Pa, es un santo-.

 

Pa se tenía que ir a casa. Shaki y Romina, nuestras mascotas y compañeras, nos esperaban y Pa también tenía que descansar, todo esto había sido agotador. Se llevaba ya las 3 enormes maletas cuando un impulso que venía del fondo de mi gran panza estalló, “noooo, no te lleves la maleta de Marcelo, la quiero tener aquí”. Todos me vieron en ese cuarto con cara de asombro, de inquietud y, finalmente, de lástima. “Esta Ma se estaba volviendo loca, y cual neurótica en encierro quiere aferrarse a esa maleta y a la idea de no perder a su bebé”, seguramente es lo que pensaron. Y no estaban tan lejos de la realidad, a excepción de que no estaba loca neurótica en encierro, sino que era un simple mamá llena de ilusiones y sueños, y también llena de dudas y miedos.

 

Y a partir de ese momento, me aferré a esa maleta, a cada una de las playeritas, camisetas, calcetines y mamelucos que había adentro; a cada persona que me visitaba le mostraba todas esas ropitas chiquititas, con mucha emoción iba sacando cosa por cosa y con todo el gran amor que podía experimentar en ese momento, la volvía a doblar y la regresaba a esa maleta. Me aferré a esa maleta como también me aferré a la idea de que nada ni nadie se llevaría a mi bebé. Marcelo estaba ahí, conmigo, lo sabía, lo sentía, y ninguna mala predicción de ningún doctor me arrebataría la ilusión más grande que he podido experimentar en la vida. Me aferré a esa maleta y me aferré a Marcelo, nada más importaba.

 

 

24 de febrero de 2009

 

Es el día en el cual se cumplieron esas 28 semanas a las que el doctor, y muchas personas más, creyeron que no llegaría. Llegó el día en el que el corazón de muchos descansó y empezaron a creer que ahora sí era posible que Marcelo llegara a nuestras vidas. Mi corazón lo supo desde siempre, pero llegar a ese momento, a ese que se veía casi imposible, hizo crecer mi confianza y, por supuesto, mi esperanza. Llegar a las 28 semanas significaba que ya no me verían como esa pobre Ma un poco trastornada, sino como la futura Ma de Marcelo. Llegamos y, además, logramos 3 más.

 

Y es esa esperanza la que hoy se ha convertido en bandera de esta familia especial, porque así como nos dijeron que no lograríamos llegar a esas 28 semanas, en este andar hemos vuelto a escuchar ese “no se hagan ilusiones, porque lo más probable es que no lo logren” unas cien veces más, y esta Ma, Pa y Marcelo, seguimos aferrados a nuestra maleta cargada de sueños, ilusiones, retos y, sobre todo, cargada de esperanza.

 

A ti que estás leyendo estas líneas, te invito a que te aferres a tu maleta, esa que guarda tus más grandes ilusiones y esperanzas. Nunca dejes de creer que sí es posible.

 

 

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