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La solidaridad en el temblor y la inclusión

4 Nov 2017

Todavía estoy revuelta con todo lo que paso hace más de un mes,  a veces siento que va a sonar la alarma sísmica, a veces siento que se me mueve el piso, y otras tantas pienso en qué voy hacer si me toca un día a mi sola en la noche con mis hijos . En cuanto llegan esos pensamientos, trato de caer en la cuenta de que mis historias de miedo son sólo producto de mis pensamientos y me detengo. Hago un alto y respiro.. Pero donde no paro de pensar es en la ola de ayuda humanitaria desbordada q surgió enseguida de que comenzó a llegar la información sobre las consecuencias que había dejado el temblor.

 

Me inquietaba cómo ésta actitud tan humana conmovía a todos los mexicanos a darse, a entregarse, a vivir con el otro ese mismo dolor que experimentaba quien estaba pasando momentos muy difíciles y por otro lado, también me preguntaba porqué no esa misma actitud podría quedar instalada no solo en la desgracia, sino procurarla siempre en actos tan cotidianos y propios de nuestras actividades.

 

 ¿Porqué no pensar que sí me estaciono en ese lugar reservado para personas con discapacidad, puede llegar alguien que lo necesite? ¿porque sí voy a construir un edificio no puedo pensar que alguien, o incluso yo mismo podría necesitar espacios accesibles para vivir.? ¿Porqué, si soy empleador, no pudiera pensar que tal vez mañana, mi nieto o sobrino pudiera tener alguna discapacidad y solicitar trabajo?  ¿Porqué no pensar que cuando tenga 75 años necesite un aparato para mejorar mi audición y además una silla de ruedas?

 

¿Porqué sólo por varios días y ante una desgracia tan grande somos capaces de pensar en los otros como si fuéramos nosotros?

 

¿Porqué no hacemos que esta experiencia del temblor sea sostenida,  trascendente y transformadora?

 

Pudiera ser buen momento para convertirla en oportunidad y que nos ayude a generar conciencia, que nos obligue, no solo a reaccionar ante la verdadera catástrofe, sino a actuar siempre con la convicción de ver al otro como si uno lo estuviera viviendo, de conocer y reconocer su historia, de ser compasivos, tolerantes y solidarios en todo momento, de exigir a las autoridades, de no permitir que sucedan más atropellos y desastres.

 

 Ahora es lo que toca.  Estamos llamados como mexicanos a hacer, pero sobre todo a  SER.  No solo reconstruir edificios, casas y vidas, sino a re-construir una sociedad que no solo se vea asimisma, sin importarle el otro, sino una verdadera comunidad que sea capaz de recuperar la idea de vernos los unos a los otros,  que sea sensible y participativa, y entonces sí, convertirlo en un actitud y un estilo de vida.

 

Sí, un estilo de vida porque lo vulnerable, lo incierto, la pequeñez, la fragilidad y el descontrol por lo que pueda sucedernos en el futuro es una realidad.  Tener controlado que yo viviré mañana, que no me enfermaré, que no me asaltarán,  que mis hijos quienes no tienen discapacidad, estarán en una burbuja intocables y no tendrán dolor ni sufrimientos en su vida, es solo una ilusión.

 

La realidad es que somos pequeños, frágiles y vulnerables todo el tiempo; de ahí esa justificada presencia del otro para acompañarnos y coexistir en un mismo espacio común.

 

 Por eso reitero que no sólo se trata de sensibilizarnos y reaccionar con esa generosidad en la que de alguna forma casi todo México participó, sino que hay que hacer un alto, voltear a vernos a nosotros mismos desde esta fragilidad, sembrar esa semilla de conciencia y prepararnos para el día que nos toque lo que tenga que tocarnos…

 

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