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La lectura un vínculo invaluable

10 Oct 2016

 

Recuerdo de niña observar a mi papá y a mi mamá leer en sus ratos de descanso y eso siempre me hizo pensar que la lectura era algo para disfrutar.

 

También ellos me contaron muchos cuentos, algunos los leían otros los cambiaban o hasta los inventaban, cada uno le ponía su toque personal y me gustaba escucharlos.

 

Cada etapa de mi vida la he acompañado y he aprendido de un libro, pero recuerdo mucho uno en especial que leí todas y cada una de las noches mientras esperaba la llegada de mi primer hijo, Patricio, en él leí paso a paso, día a día, cómo iba mi embarazo y sobre los consejos y tips que seguí al pie de la letra y que aprendí y repasé para estar preparada para el parto y para que todo saliera bien.

 

No todo salió bien y durante el parto olvide todas las recomendaciones del libro y después del parto el libro ya no era significativo para mí.

 

Pero entonces me encontraron, llegaron cuando tenían que llegar y me eligieron muchos otros libros y lecturas que me han enseñado y acompañado en este difícil proceso de ser mamá de un niño con discapacidad.

 

A Patricio le leía cuando estaba en mi vientre, cuando estaba en terapia intensiva y cuando llegamos a casa, colocamos una caja que contenía libros para bebé muy cerca de una mecedora y entre terapias, medicinas y comidas; en esos pequeños ratos de descanso disfrutaba al leerle, sentía que aunque no se moviera, aunque estuviera dormido me estaba escuchando y estaba aprendiendo de todo y sobre todo.

 

Pronto, muy pronto comenzó a poner atención a cada palabra, a observar cada imagen y antes que cualquier otro logro motriz fino comenzó a hojear por primera vez un libro, era uno del abecedario, con las letras y con animales representando a cada una de las letras. Hizo que cada integrante de la familia, incluidos tíos y abuelos, le leyeran ese y muchos libros más, por último solo hojeaba su libro favorito con mi mamá, ella tenía la paciencia para leérselo una y otra y otra vez, y se lo leía exactamente igual cada vez y si lo hacía de diferente manera, regresaba la página hasta que mi mamá lo leyera correctamente.

 

Por muchos años ir a la biblioteca a leer, hojear y manipular un libro ha sido de sus pasatiempos favoritos, y de las pocas cosas que podían tenerlo quieto interesado y atento.

 

Hace pocos meses noté que ya no quería leer, ni hojear, ni escoger ningún libro de los que le acercábamos, cuál era la razón. ¿Un crecimiento mental desfasado a su movimiento motriz? o ¿su pensamiento y mi pensamiento desfasados? o ¿sus intereses reales desfasados? En pocas palabras, no entendía y no sabía por qué perdió el interés por LEER.

 

Lo anterior me mantuvo literalmente sin dormir, pensando en alternativas, razones o mejor aún soluciones.

 

Un día lo observe leer algunos letreros en nuestro camino a la escuela, ¡pobre! porque mi descubrimiento vino acompañado de leerle cada uno de los letreros que estaban a nuestro paso y digo “pobre”, porque la necesidad de traducir, de interpretar y de enseñar lo que yo sabía era mía, porque él comenzó a bajar la cabeza y a no ver nada de lo que yo leía, que YO le leyera ya no era necesario.

 

Un día muy especial e indescriptible llegué a observar su clase abierta a la escuela, me senté a su lado y al otro lado se sentó Paola, su maestra acompañante; le mostró una tarjeta, él la observó detenidamente mientras yo veía su movimiento ocular, instantáneamente vino a mi mente “¿qué espera Paola para leerle lo que dice en la tarjeta?”. Él tomó la tarjeta y la colocó frente al cuerpo geométrico al cual estaba relacionado, yo me quedé muda y esperé a que acomodara algunas tarjetas más. Mis ojos no podían conectar con mi cerebro lo que estaba pasando y sí, salió de mi boca un “YA SABE LEER”, necesitaba que Paola me dijera que sí y eso hizo dijo “SÍ”, lo abracé y sentí una alegría inmensa recorrer todo mi cuerpo, pensé que el que yo le leyera ya no era indispensable y que comienza una etapa de lectura independiente que me maravilla y conmueve profundamente.

 

Será porque…

… Para viajar lejos no hay mejor nave que un libro.  (Emily Dickinson)

 

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