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Preocupación por la "inmadurez"

 

 

¿Debemos limitar el término “inmadurez”? Todos los días veo en mi consultorio a niños con trastornos del desarrollo de muy diversa índole y grado de repercusión, desde dislexia hasta autismo, los cuales llegamos tarde a una eficiente y oportuna intervención, por que sus médicos tratantes menospreciaron los signos tempranos de una alteración neurológica o un trastorno del desarrollo.

 

Lastimosamente por impericia o por favorecer una buena relación con la familia, observo que muchos profesionales utilizan la palabra “inmadurez” para describir actitudes normales (hipo, manías, pesadillas), trastornos del desarrollo (alteraciones de la coordinación, fallas de expresión lingüística, dislexia, trastorno de atención, etc), enfermedades neurológicas (epilepsia, movimientos anormales, asimetrías motoras, etc) y en especial síntomas asociados al espectro autista.

 

Resulta tranquilizador para los padres y explica casi cualquier alteración del desarrollo, el escuchar de su médico o terapeuta las palabras “esta inmaduro”, lo cual de forma indirecta está dando a entender que es portador de un problema que desaparecerá con el tiempo. Haciendo una comparación con una fruta, se refiere a que con el tiempo se madurará, cambiará para bien y no tendremos que hacer ningún esfuerzo o intervención dirigida para corregirlo. Basta con esperar.

 

Pero nada peor para el desarrollo que haber identificado tempranamente los signos de alarma y hacer caso omiso o peor aún, el consultar con profesionales que en un afán por no contrariar a la familia con expresiones como: “sospecho que puede estar dentro del espectro autista” o “por que mejor no pedimos la opinión de un neuropediatra”, prefieren “tranquilizar” a la familia con preceptos alejados de principios científicos actuales, privando a los niños de una intervención en etapas críticas del desarrollo que redundarían en mejoría del pronóstico funcional.

 

Cuando llegan los padres a mí consulta, cansados de esperar, observando como sus hijos no solo no han mejorado, sino que ahora muestran repercusiones escolares y sociales, queda claro que la famosa “inmadurez” deja de ser una explicación convincente y es entonces cuando tenemos la oportunidad de poner nombre al trastorno del desarrollo, realizar un diagnóstico y explicar una estrategia multidisciplinaria de apoyo a la familia, para terminar con explicaciones sobre el probable origen genético de muchos de ellos (dislexia, trastorno de atención y dispraxia tienen dentro de sus orígenes componentes hereditarios muy patentes).

 

Mi opinión profesional es que ayuda poco o nada en la mayoría de los casos el utilizar la palabra “inmadurez” pues no explica el origen del problema, confunde y da una falsa seguridad a los padres, los cuales actúan en consecuencias evitando intervenciones tempranas que retrasan soluciones oportunas y ponen en entredicho a quienes queremos actuar bajo preceptos científicos. Pero hay que reconocer que siempre será más tranquilizados para los padres escuchar que su niño no está enfermo, solo está inmaduro.

 

 

* Médico, Pediatra, Neurólogo y Neuropediatra. Jefe del departamento de Neurociencias del Instituto Nacional de Perinatología, SSA.

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