Padres de Hijos con Necesidades Especiales |  2019  | phineblog@gmail.com

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Una escuela para todos.

Escuela incluyente, un compromiso de todos y para todos.

 

 

 

Sin afán de restarle importancia a la obligatoriedad de la educación en el papel, me queda claro que esta no necesariamente se traslada a la escuela.

 

¿Están las escuelas dispuestas a incluir y capacitadas para hacerlo?

 

En mi parecer personal y segmentado no ha sido así.

 

Hemos invertido mucho tiempo y recorrido muchas escuelas para encontrar una verdaderamente incluyente y con este peregrinar hemos vivido y aprendido algunas cosas.

Al buscar un preescolar para Patricio que tiene parálisis cerebral discinética, empezó nuestra travesía, por un lado cumplir con nuestras expectativas y por otro lado adaptarnos a lo que nos ofrecían.

 

Recorrimos al menos 30 escuelas y de primera estancia descartamos muchas otras, claro en este caso el tema de una escuela cercana paso a segundo término.

 

Las escusas no faltaron para no aceptarlo ya sea por cupo, o por no contar con un cambiador para el pañal, o en otras en lugar de contestarnos nos daban una lista de escuelas especiales y sin sutileza nos “sugerían” preguntar ahí, en el mejor de los casos argumentaban no estar preparados para recibirlo.

 

Nos cuestionamos tendrían razón, Patricio necesitaba una escuela especial pero entonces ¿acaso el equipo médico que lo trato de los 0 a los 3 años se habría equivocado? después de una evaluación detallada habían coincidido por votación unánime que Patricio debería ir a una escuela regular ya que eso le ayudaría a través de la observación a imitar y después a construir y tal vez a ejecutar aprendizajes significativos, tuvimos suerte, gracias a esto nos aferramos a la idea de insertarlo en el sistema educativo convencional costara lo que costara.

 

De entrada era lo único que pedíamos sin ni siquiera pensar que era un derecho, pedíamos que por favor lo aceptaran y que permitieran que se estimulara de la observación y claro apelando a la buena voluntad de sus maestros.

 

¿Por qué no forzar a que lo aceptaran? Porque pensábamos que si de entrada no lo aceptaban como podríamos esperar que no fuera rechazado o excluido. ¿Cómo podría ser tomado en cuenta como lo que es un niño ávido de aprender?

 

Así aprendimos que para incluir hace falta primero aceptar.

Tengo que reconocer que él siempre fue muy contento a la primera escuela que le encontramos, pero el que lo aceptaran no fue suficiente si bien nos aclararon que no tenían experiencia en niños especiales lo aceptaron el problema comenzó cuando se topaban con alguna dificultad y era más fácil excluirlo.

 

Recuerdo un día que me mandó llamar su maestra para decirme: “Patricio estará en el escenario durante el festival pero no participará, por más que lo intentamos no logramos que hiciera nada”. Hoy sé qué le contestaría, pero ese día me destrozó.

 

Me destrozó y sólo me limité a ir sola al festival para no afrontar la “vergüenza pública” esa fue una de mis primeras grandes lecciones, si bien no hizo lo que la maestra quería sonrió todo el festival y movía pies y manos lo estaba disfrutando; también apoyo a un compañero con pánico escénico que fue a cobijarse entre sus brazos y la silla de ruedas, ahí entendí que mi hijo debía ser aceptado y valorado tal cual es y que tenía que empezar por mí.

 

Decidimos cambiarlo de escuela acompañado de su maestra de apoyo.

¿Pero existía una escuela así? Así llegamos a una escuela muy cara que tenía un salón especial para niños especiales dentro de una escuela regular, pensamos que esto ayudaría a su crecimiento personal y que cuando estuviera “listo” sería integrado, cabe mencionar que pagábamos el día completo y sólo iba medio día. Con el pasar de los meses el argumento era que Patricio no estaba listo ni siquiera para comer el lunch con los demás niños en el patio. ¿Qué se necesita para estar listo para convivir? La respuesta nos la dio su actitud todos los días: se negaba a entrar, ya no le gustaba ir a la escuela.

 

Tomamos la decisión de darlo de baja a mitad de año porque nos dijeron que la sobrepoblación de alumnos en el grupo los obligaba a reestructurar el ambiente y que de ahora en adelante estaría a cargo única y exclusivamente de su maestra acompañante y que ella tendría que planear y darle las presentaciones.

 

Nos pareció que las canchas deportivas y las maravillosas instalaciones no valían nuestra permanencia ahí así que una vez más decidimos sacarlo.

 

Tengo que ser franca: mi impotencia me llevó a pensar que los del problema éramos nosotros por no aceptar las limitaciones de nuestro hijo, que debíamos buscar una escuela especial pero entonces porqué el consejo de los profesionales diciendo que la inclusión era lo mejor para mi hijo, pero ¿cómo podíamos asegurarlo o existía una escuela incluyente? Nuevamente estábamos en búsqueda de encontrarla.

 

Ahí comprendimos que aunque una escuela se vendiera como incluyente en la práctica no necesariamente lo era.

 

¿Qué debíamos buscar?

Primero, disposición; segundo, aceptación; tercero, un programa personalizado; y cuarto, una verdadera inclusión educativa a bajo costo, porque además tendríamos que pagar la maestra acompañante.

 

Lo teníamos claro pero… ¿existía esa escuela?

Esta vez indagamos con nuestras amistades recorrimos varias escuelas más y una amiga me dijo que en una escuela en Tepepan aceptaba niños especiales.

 

Tomé el coche, subí a Patricio y lo llevé. Llegando me abrió la puerta la directora, una mujer joven pero muy sabia, a la que quiero y admiro mucho. Ahí en la puerta le pregunte así sin más preámbulo “¿están abiertas las inscripciones?” y señalando a Patricio le pregunté “¿aceptas niños especiales?”

 

Esto, si bien era cruel de mi parte en su momento, me parecía que era fácil recibir una respuesta inmediata y no perder el tiempo entrando, explicando sus “limitaciones “y recibiendo una negativa. ¡Estaba exhausta y desgastada física y emocionalmente!

 

La directora me miró sorprendida, bajó la mirada y le preguntó a mi hijo “¿cómo te llamas? yo contesté porque Patricio no habla y ella habló de nuevo. Dijo “¿quién soy yo para negarle la educación a Patricio? ¿Por qué no pasan y ves si te gusta nuestra escuela y nuestro programa de estudios? ¿Y si es la escuela que quieres para tu hijo?

Claro que entramos, contentos pero incrédulos.

 

Conocimos un ambiente y un equipo de trabajo que fomentaba el auto aprendizaje.

El primer ajuste que hicieron fue en el costo no cobraron la inscripción y aceptaron que sólo se pagaran los tres días que fuera a la semana por que los otros dos iría a terapia.

 

El segundo ajuste fue señalar que Patricio necesitaría una maestra acompañante pero que ella no sería la responsable de su proceso de aprendizaje sino de acompañarlo en este proceso y de apoyarlo cuando fuera necesario y siempre fomentando su independencia.

 

El tercer ajuste fue el mobiliario y sus necesidades de adaptación como silla y mesa a su altura y que favoreciera su aprendizaje.

 

Su trabajo y avances al pasar de los años han sido evaluados individualmente y nunca ha sido comparado con nadie.

 

También ha trabajado y aprendido a tomar turnos, a respetar de la misma manera que es respetado y a ser tratado con igualdad.

 

El material que trabaja es acorde a su nivel y no a su edad; no de acuerdo a lo que debería hacer sino acorde a sus necesidades y estableciendo retos alcanzables lo cual le hace sentir motivado y capaz.

 

La motivación, el respeto, la aceptación, la libertad y la obtención constante de satisfacciones han sido su mayor motor y confianza en sí mismo.

 

Además depositaron la confianza en él y en nosotros de que ES POSIBLE y de que no existe un solo camino o material para alcanzar la meta.

 

Fortalecieron su independencia enseñándole a trasladar, usar y recoger su material y demostró ser capaz de hacerlo.

 

Patricio, hoy en día, asiste FELIZ a la escuela, está aprendiendo a leer y escribir sin que su discapacidad motora o el lenguaje sea un impedimento.

 

Un día, cuando fui por él a la escuela, una de sus guías abrió la puerta y me pidió que lo observara, todos sus compañeros y su hermana Inés, que también asiste a la misma escuela estaban esperando mi reacción, Patricio tomo valor y dio 5 pasos solo hacia mí, varios de sus compañeros me expresaron su alegría, reconocían el esfuerzo y compartían la alegría de lo logrado. Era un esfuerzo y un logro de toda la comunidad.

 

¿Cuál es el secreto para ser una escuela incluyente? … ¡QUERER SERLA!

  • Tener la disposición y no tenerle miedo a la falta de conocimiento en la inclusión.

  • Hacer las adecuaciones y programas necesarios.  ¿No debería ser así con todos? ¿qué acaso no somos únicos y especiales?

  • Quitarse los estereotipos y prejuicios sobre lo que un niño debe saber, aprender y trabajar para poder estar en una escuela “normal”.

  • Pensar en sus capacidades y no en su incapacidad, entender sus alcances y trabajar en ellos, no buscar su curación sino un acompañamiento en su proceso personal y apoyarlo.

  • Igualdad de derechos y obligaciones en una plena y efectiva participación.

  • Accesibilidad; quitar las barreras ambientales es importante pero que no sean un pretexto las instalaciones para no incluir, las barreras más fuertes para una verdadera inclusión educativa son las institucionales y las actitudinales.

 

¡La inclusión educativa es un trabajo de todos y para todos!

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