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Semana Santa y Lupita

Advertencia:  El artículo que leerás a continuación pudiera contener algunos aspectos de fe y de religión que quizá no compartas. Este blog es abierto e incluyente y no se privilegia ninguna ideología política o religiosa. Mi único objetivo es compartir y testimoniar una experiencia personal.

 

 

Cada año vamos a pasar unos días a la casa de mis suegros en Michoacán. Generalmente hay alguna actividad local que representa la religiosidad con la que en muchos lugares de nuestro país se experimenta la Semana Santa. Muchas tradiciones reflejan más las creencias que enfatizan la muerte de Jesús, el sufrimiento, el dolor y la agonía que seguramente representó ese evento de muerte. Sin embargo, se deja sentir la falta de esa otra gran aportación que es la Resurrección, es decir, la experiencia de la continuidad de la vida después de la muerte.

 

La tradición cristiana que es el fundamento de la fe de muchos de nosotros, nos dice que esa resurrección empieza aquí y ahora, recreándonos en el amor, sirviendo, perdonando, incluyendo, compartiendo y siendo compasivos con los demás. Este es un trabajo difícil en una sociedad donde hay muchas “cruces” de injusticia, violencia, falta de oportunidades, marginación y exclusión, y en la cual se privilegia la formación en valores como el éxito, la buena imagen, el dinero, la competencia y la productividad.

 

El pasado Jueves Santo me encontré en uno de esos eventos tradicionales del pueblo a la doctora encargada de una casa-hogar donde albergan a niños abandonados y con lesión cerebral. La doctora me cuenta que Lupita, una niña de alrededor de siete años, alegre, inquieta, inteligente pero que camina con dificultad y tampoco puede hablar, tuvo un cuadro de apendicitis, fue intervenida de emergencia y se encontraba estable en el hospital del pueblo. Este evento hace surgir en mí muchas emociones y pensamientos. Lupita, una niña de la misma edad que mi hija, que le gusta bailar y jugar con mis hijos y sus primos, hoy se encuentra sola en un hospital frío, sin el amor, compañía y cuidado de sus padres.

 

Recuerdo la frase que me dijo mi suegra cuando regresé del albergue y le contaba cómo se encontraban los niños,  “Ay Margarita pero  ¿por qué Dios permitirá eso.” Y yo le respondí: “¿Dios? ¿Y por qué atribuirle esto a Dios?”  Me parece que encajarle a Dios esta realidad y muchas otras más, que son claramente parte de una cultura poco comprometida socialmente, y que como comunidad nos debería corresponder, es aceptar y ser cómplice de la mentalidad de indiferencia social que tanto abunda. Se parece mucho a lo que hacemos también con algunas responsabilidades que creemos que le corresponden sólo a los gobernantes.

 

¿Quien es ese “Dios” tan “cruel” que permite que unos padres en una circunstancia incomprensible para muchos, abandonen a sus hijos a la suerte?  ¿Quién es ese “Dios” que “permitió” que su hijo muriera crucificado? ¿Quién es ese “Dios” que “permitió” que nuestros hijos tuvieran una discapacidad? ¿Será que ese “Dios” quiso que “sufriéramos” como Jesús cargando esa “cruz” que nos tocó? ¿Quién es ese “Dios” que “permite” que Lupita se encuentre en ese hospital sin padres y sin el cariño, protección y consuelo de una familia? ¿Quién es ese “Dios”? ¿Será el mismo que “me mandó a un angelito”,  que decidió “que me tocara” ser una “mamá especial” de una “niña especial”  y que como soy “muy buena persona” y además “muy fuerte” me “eligió” como una guerrera “especial”?

 

Con esas creencias es ilógico entender la situación de Lupita, de Omar, de Soco, de Nacho, de Poncho, de Dany y de otros muchos más que viven en situación de abandono en el albergue, porque ahí no hay ni “papas especiales” ni “mamá guerrera y fuerte.”

 

Yo no creo en esa forma de entender ni de vivir mi fe. No creo en esa obscuridad y conceptos de un Dios interventor, permisivo, elitista, castigador e injusto. Esas ideas absurdas y arcaicas deberían hoy estar superadas. A mi juicio esa realidad, la de Lupita, la de mi hija y la de todos los niños con discapacidad sólo es parte de esa vulnerabilidad propia de nuestra condición humana. Lo realmente importante es la actitud con la que nosotros como papás reaccionamos ante esa circunstancia de la vida.

 

¿Y qué podemos decir respecto a la soledad de Lupita y de los demás niños en el albergue? Esa soledad dolorosa es la consecuencia de la falta de amor, servicio y solidaridad con esos niños con discapacidad y huérfanos; es la triste consecuencia del individualismo y la insensibilidad prevalecientes en el mundo, las cuales seguimos viendo en esas cruces que excluyen, que deshumanizan, que matan.

 

¿Y entonces qué queda? Para mí la respuesta esté en una experiencia de fe que no termina con la muerte, ni con la muerte de ese ideal de hija y de madre que imaginé  para mí, ni tampoco con esas muertes producto de injusticias y egoísmos que prevalecen en muchos rincones de nuestro mundo. La fe, cuando es auténtica, nos impulsa a dar respuestas de vida a las cruces de la existencia.

 

Por eso, después de la muerte, del dolor, del desasosiego, del vacío, encuentro que sigue la vida, que es en la propia resurrección, la mía y la de mi hija, la de Lupita, la tuya y la de todos, donde realmente germina la esperanza de vida para los que amamos. Es ahí, en esa profunda experiencia del Dios de vida que me re-crea aquí y ahora, en mi situación, en mi realidad concreta, con mi respuesta activa de fe. Así es como decido nacer, transformarme, liberarme, no tener miedo y darle un nuevo dinamismo a mi propia vida haciendo frente, fuerte y plena a la discapacidad de mi hija y de la sociedad.

 

No puedo eliminar la discapacidad de mi hija, ni la de Lupita, ni la de los demás niños del albergue, ni de todos los albergues del mundo. Pero sí puedo elegir darme en cada circunstancia, sí puedo elegir comprometerme con una respuesta compasiva con quien es más vulnerable . Sí puedo elegir ayudar a la comunidad a sensibilizarse, a no ser espectadores, a tomar conciencia de que no sólo como papás o familiares o amigos nos corresponde garantizar los derechos de nuestros hijos sino también de esos niños que no tienen apellido. Sí puedo elegir ser responsable y trabajar para que el abandono, el olvido, la injusticia y la muerte sean sustituidas por la compañía, la memoria, la justicia, la compasión, el amor y la vida. Sí podemos elegir ser prójimo  para tantos a quienes no les va tan bien como a nosotros. Sí podemos elegir ser quienes abracemos, respetemos y busquemos garantizar los derechos y la verdadera inclusión. En semana santa, descubrí que sí puedo, que sí podemos, elegir resucitar.

 

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