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Cuando una niña sintió lástima por mi hijo

  

La niña tendría unos seis años, sonreía con su lindo vestido blanco, el tipo de vestido que me hace desear tener una hija. Caminó hacia mi hijo, mientras él daba vueltas con su silla de ruedas en el patio fuera de la iglesia, y se plantó justo frente a él. Se miraron. Mi hijo le hizo hola con la mano. Y de repente, sin quitarle los ojos de encima, ella dijo “Siento lástima por él”.

 

Más que escuchar la frase, la sentí. La sentí en el fondo de mi estómago, en el lugar donde guardo todos mis miedos y mi tristeza. Lo sentí como una patada en las costillas.

 

Los niños hacen todo tipo de preguntas sobre mi hijo: ¿por qué está en la silla?, ¿por qué no camina?, ¿qué le pasa?, ¿usará siempre esa silla?

 

Pero las preguntas son fáciles. Para los niños, las preguntas tienen respuesta y eso es todo.

 

Pero, “siento lástima por él”, eso no es una pregunta. Es la afirmación de un hecho. Es poner en palabras algo que sé que es verdad: a pesar de que trato de creer que no es así, sé que hay mucha gente que piensa igual. Mucha gente que ve a mi hijo, sonriendo y dando vueltas en su silla, y sienten pena por él. Les da tristeza. Pero los adultos saben filtrar, saben qué cosas no decir, esta niña era un agujero en el sistema.

 

Un sistema que le dice que la silla de ruedas de mi hijo es “algo muy triste”.

Un sistema que le dice “pobrecito de él”.

Un sistema que usa palabras como confinado a, sufre de o atado a.

Un sistema que prefiere ver a personas como mi hijo como víctimas, receptores de caridad, como personas menos afortunadas esperando ser curadas, en lugar de verlas como sus vecinos, sus colegas, sus maestros o amigos.

 

Un sistema que le dice a esa niñita que mi hijo sonríe “a pesar de”, en lugar de decirle que sonríe simplemente porque él también es un niño que puede apreciar y sentir las mismas maravillas del mundo que ella.

 

Maravillas como las luciérnagas, la luz de una vela, o andar rápido y sentir el aire, o niñas lindas con vestidos blancos.

 

Así que me quedé ahí parada, buscando palabras para corregir la situación. Quería desesperadamente corregir el daño que este sistema ha hecho, un sistema que todavía está aprendiendo a aceptar a mi hijo.

 

Pero tenía la lengua trabada y torpemente dije algo sobre que no tenía por qué sentir lástima por él. Y me fui caminando sintiéndome un fracaso. Como si esta pequeña niña representara al mundo entero y yo perdiera la oportunidad de poner las cosas en claro.

 

Me dí cuenta de que soy muy pequeña. Soy una sola persona.

 

Y luego la semana pasada, sentada junto a la alberca con mi esposo y mi hijo, lo escuché de nuevo. Esta vez lo dijo un adolescente de unos 19 años. Ya nos había visto ahí varias veces. Hoy iba con una chica. Una chica que le gustaba. Le susurró a ella: “algo le pasa a ese niño, ¿ya viste su espalda?, no puede caminar…qué tristeza”.

 

De nuevo, más que escucharlo, lo sentí. Bajé la mirada esperando la respuesta de ella. Su acuerdo con lo dicho. Su inevitable reconocimiento de que en efecto, la vida de mi hijo es muy muy triste.

 

“No es triste”, dijo ella, mirando a mi hijo. “Mi hermano estuvo en las Olimpiadas Especiales. Nada tiene de triste. Este niño está muy lindo”.

 

El corazón se me estrujó y cerré los ojos para evitar llorar. Quería abrazarla, quería decirle lo fuera de lo común que ella es. Y lo bella que es. Quería creer que ella alguna vez fue una niñita de vestido blanco.

 

Más que nada, quería agradecerle por recordarme que no soy la única que ve a mi hijo por quien es. Sin confinamientos, sin ataduras, humano.

 

Soy una sola persona.

 

Pero no estoy sola.

 

Traducido por Mónica E. del texto When a Little Girl Felt Sorry for My Son de Mary Evelyn Smith.

 http://www.huffingtonpost.com/mary-evelyn-smith/when-a-little-girl-felt-sorry-for-my-son_b_5769964.html

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