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Visita a una amiga

27 Oct 2015

 

 

Mi amiga y yo teníamos casi 10 años sin vernos, el tiempo y la distancia habían hecho lo suyo. Un feliz cumpleaños y feliz Navidad nos mantenían en contacto. Hace tres meses y medio recibí un mensaje suyo en el que me decía que su hija había nacido unos días antes y que estaba en cuidados intensivos, me compartió su miedo e incertidumbre ante lo que decían los médicos y el lento transcurrir de los días. Por supuesto que leerla me remontó a nuestros inciertos días de hospital con Ana Lucía. Han sido 7 años y tengo frescos los sonidos y los olores en mi memoria.

 

En este duelo cíclico que se vive ante las necesidades especiales de un hijo, se da paso al amor y a la esperanza, se trabaja la aceptación y la pérdida de la salud, las expectativas y todo tipo de intensas emociones que acompañan este camino. Toma tiempo. Yo tuve la fortuna de contar con PHINE y las mamás que forman parte de esta comunidad y del Grupo de Apoyo para compartir con ellas las altas y bajas de mi proceso.

 

Tuve la suerte de pasar una tarde con mi amiga, Lucía, su pedacito de cielo que sigue hospitalizada. Existe ya la posibilidad cercana de que la pasen a un cuarto y sus papás puedan estar con ella todo el tiempo, para salir del hospital todavía no hay fecha. Ella y su esposo se han volcado en investigar todo lo que hay acerca de la condición de Lucía, buscar médicos que puedan conocer mejor el tratamiento a seguir y, sobre todo, a consolidarse como equipo, a reafirmarse todos los días que están juntos, están fuertes y sí que llevar una vida “normal” les implicará un triple esfuerzo que están dispuestos a realizar. Salir a pasear requerirá de unas horitas de preparación, y todo un equipo que cargar.

 

Con todo y las lágrimas que nos acompañaron esa tarde, con sus ojitos cansados mi amiga me dijo cuánto ama a su hija y agradece la bendición de tenerla con ellos. Es su hija, la que debía ser, a la que ya sus primos quieren conocer, la que llegó para unir a la familia, la que es perfecta para ellos.

 

Regresé a México muy triste, sin duda por su dolor, por la incertidumbre, pero muy contenta de haber ido, y feliz de comprobar una vez más que cada proceso es distinto, pero que el amor de una madre tiene esa capacidad de ver la perfección, de blindarse ante las adversas y de multiplicarse infinitamente por los hijos.

 

Felicidades Lucía hermosa por tu valentía y tu coraje. Felicidades por tener esos papás que contigo escribirán un cuento hermoso, que todos los que te queremos iremos leyendo con emoción.

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