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Mi maestra de vida

20 Feb 2015

Ya está próximo el cumpleaños número cuatro de mi hija Valentina y pese a que damos gracias a Dios de que cumpla un año más de vida no deja de causarme melancolía y un poco de tristeza que mi hija sea una niña especial.


A los pocos días que Valentina llegó a nuestras vidas nos enteremos que tenía un desorden genético el cual nos mantiene a ciegas hasta la fecha de lo que viene más adelante ya que es una trisomía poco común; sin embargo cuando nos dieron esa noticia la cual fue devastadora para nosotros lo tomamos “bien” ya que la vida y la misma Valentina nos iban a ir guiando para ir conociendo su condición e ir atendiendo sus necesidades y no tenía caso preocuparnos por lo que vendría, así que, como dice mi esposo, lo tomamos como “una cosa a la vez”.


A los 4 meses de edad nos dijo su pediatra que tenía un retraso en el desarrollo y que tenía una enfermedad llamada craneosinosotsis y tuvo que ser intervenida a los 7 meses de edad. Fue una operación de muy alto riesgo tanto en cirugía como en resultados de la misma, pero gracias a Dios todo salió bien y la recuperación de Vale fue extraordinaria. Sin embargo fue ahí donde empezó este sube y baja de emociones, retos, satisfacciones y demás situaciones que se presentan cuando aceptas que tienes un hijo especial.


Hasta hoy ha sido un recorrido difícil, lleno de muchos altibajos sobre todo emocionales pero tener a Vale con nosotros nos ha hecho ver la vida desde otra perspectiva, ha sido la experiencia más retadora, desafiante y a la vez hermosa de nuestras vidas.


A TRAVÉS DE ELLA CONOCÍ A DIOS. El día que nació y que sentí su respiración por primera vez fue lo más asombroso que había vivido, cuando la tuve en mis brazos y la observé de pies a cabeza conocí la grandeza de Dios, ya que solo él puede hacer algo tan perfecto. Una noche antes de que operaran a mi hija, entendí que no es mía, si no que Dios me la mandó por una razón, así que dejé con una fe ciega en sus manos su vida y aquí sigue con nosotros. Y lo más importante es que a pesar de que en ocasiones yo me he soltado de la mano de Dios, él no me ha dejado y me demuestra a través de mi hija su poder y grandeza con todos los logros que ella ha tenido.


VALORAS MÁS LA VIDA. Cuando tienes a un hijo especial la manera de ver las cosas y la vida no es la misma, eres más sensible hacia las necesidades de las demás personas que padecen alguna discapacidad; un logro no es uno más de tantos, es “EL LOGRO” que se dio después de mucho esfuerzo y trabajo como rehabilitaciones, juegos, cantos, incentivos, etc.


Las cosas materiales pasan a segundo plano y valoras más las cosas que no tienen precio pero si un valor único, como salir a caminar por las tardes con ella -cuando por fin lo logró-, como es feliz con su canción favorita, despertar todas las mañanas a abrazarla y olerla es maravilloso.
PACIENCIA. Desde hace casi 4 años ya he dejado de esperar a que sucedan las cosas en cierto tiempo, el reloj de nuestras vidas es distinto al de los demás, ya que aunque pasan horas, días, semanas y meses, el desarrollo de Vale va a su tiempo. Ya dejamos atrás esa desesperación de que Vale tenía cierta edad y no hacia tal o cual cosa. Ahora sólo intentamos disfrutar los logros que tiene y seguir trabajando con ella para que salga adelante.


Es curioso decir que es la palabra que más odio pero que se ha convertido en mi mantra “PACIENCIA”, “TEN PACIENCIA”. ¿Dónde la consigues?


EL VERDADERO AMOR. Nunca pensé que alguien pudiera amar tanto, digo, amas a tus papás a tu familia, tu pareja, etc., pero a un hijo se ama con un amor incondicional que se sale del pecho que ni siquiera puedes describir con palabras.


Es maravilloso ver a mi hija que apenas dice sus primeras palabras y que me dedique una sonrisa, que me aviente un beso, que me abrace, es simplemente hermoso.
Y también el amor que he conocido es de las personas que me rodean, el amor y paciencia incondicional de mi esposo que es mi pilar, de mis padres, suegros, familia, amigos y de las personas que han estado a lo largo de este camino que llevamos recorrido; es increíble saber cuántas personas nos quieren, nos valoran y ahí están con nosotros en este proceso.


Sigo aprendiendo, sigo trabajando en la frustración, enojo, impotencia y demás sentimientos que lleva consigo tener un hijo especial. Pero lo que sí puedo afirmar es que Valentina es una bendición en nuestras vidas, la amamos como es y definitivamente nos ha hecho ser mejores personas. ES NUESTRA MAESTRA DE VIDA.

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