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El domingo que cambió nuestras vidas

14 Apr 2014

 

“Malas noticias, se puso mal. Necesito que vengan de inmediato al hospital”, fueron las palabras del Doctor al otro lado del teléfono. Era domingo, 12 de abril del 2009, 9:15 am.

 

Pero, ¿cómo?, ¿qué pasó?, ¿mal?, pero si el día anterior nos habíamos despedido de él y estaba tan bien. Por primera vez yo lo había podido cargar, lo había sostenido de su espalda para que la enfermera cambiara la sabanita de su incubadora. Esto no era lo permitido, pero ella tuvo un poco de compasión y me dejó sostenerlo, por 15 segundos, mientras ella realizaba el cambio. 15 segundos en que tuve las emociones más intensas que jamás haya tenido, tanto amor, tanta alegría, tanta esperanza; sostener a mi niño, tocar su espaldita, tan frágil, tan peludo, no podía creerlo, qué gran regalo me estaba dando la vida. No tuve miedo, al contrario, quería abrazarlo tan fuerte y hacerle sentir que todo estaría bien, quería salir corriendo de ahí con él en mis brazos y llevarlo a casa, SU CASA; y de pronto, ffuumm, me lo quitaron de las manos para llevarlo nuevamente a su capullito.

 

Ese día, el papá le había cambiado el pañal, operación de por sí complicada para un papá primerizo, y más cuando había que hacerlo dentro de una incubadora. El resultado: el papá quedó todo batido, por todos lados había sustancia amarilla viscosa, jejeje, cómo nos reímos y disfrutamos ese momento.

 

¿Cómo es que unas horas más tarde todo había cambiado?

El trayecto de ida al hospital se hizo eterno. Edgar, tratando de conservar la calma, aparentando tranquilidad y fuerza -lo cual agradezco inmensamente- alcanzó a decir, en voz baja y entrecortada “¿rezamos?”; tomamos nuestras manos muy fuerte y rezamos todo el camino hasta llegar a nuestro destino. Rezar, orar, era lo ÚNICO que daba consuelo y tranquilidad a nuestros corazones, en ese momento, antes y aún ahora. Nuestra fe se hizo tan grande que entonces pudimos mantenernos de pié, fuertes.

 

Ya nos esperaba el Doctor a la entrada de la UCIN (Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales), para advertirnos antes de entrar a ver a Marcelo y que la sorpresa no fuera tan grande “está débil, decaído; está sedado, y tiene un respirador en la boca”. Y su advertencia no aminoró la desagradable y dolorosa sorpresa.

 

Encontramos a Marcelo fuera de su incubadora, ahora en una cuna radiante, lo que significaba gravedad -ponen a los bebés en cunas radiantes (cunas abiertas que emiten calor) para poder tener acceso fácil y rápido a ellos, en caso de que se pongan mal-. Efectivamente, tenía un respirador en su boca en lugar de su sonda con la que se alimentaba, hasta el día anterior, claro; ya no estaba rosita, ya no dormía tranquilamente. No pudimos estar con él más de 5 minutos, nos pidieron que saliéramos. ¿Que qué sentí en ese momento? Todavía no encuentro la definición de “ESO” que estaba sintiendo: una mezcla de confusión, dolor, angustia, vacío, ausencia, locura, sin sentido…

Ya afuera, el Doctor nos explicó lo que había pasado, que en ese momento no entendí ni una sola de sus palabras, lo único que sabía es que mi hijo estaba grave y lo estaba perdiendo. Ahora entiendo que las cosas sucedieron así: de manera súbita una bacteria se alojó en su intestino, lo que provocó una infección severa la cual necrosó parte de éste, traspasó su membrana yéndose por todo el torrente sanguíneo hasta llegar a su cerebro y corazón y, PPUUMM, tuvo un “choque séptico” lo cual lo lleva a caer en paro respiratorio.

 

Transcurrió el día como una pesadilla. Edgar y yo pasamos gran parte del día sentados en el sillón más cercana a la puerta de entrada de la UCIN, tomados de la mano, rezando, viendo pasar a infinidad de doctores de diferentes especialidades pediátricas, cardiólogos, gastroenterólogos, cirujanos, infectólogos, neurólogos, etc.; no decían nada, tan sólo nos pedían que firmáramos papeles diferentes, muchos, autorizando procedimientos y haciéndonos responsables de cualquier cosa que pudiera suceder.

 

Toda la familia se reunió ahí, con nosotros, acompañándonos, apoyándonos, amándonos; qué gran bendición haber contado con ellos, con USTEDES, en esos momentos y ahora. Por primera vez en mi vida supe lo que era “no tener hambre”, también supe el significado literal de “un nudo en la garganta”, ese que no te deja tragar bocado, ni saliva, no te deja ni respirar; supe también lo que quiere decir “ya no tener más lágrimas para llorar”.

 

Al final del día, el Doctor nos describió el estado general de mi bebé como “¡MUY GRAVE! Médicamente ya hicimos todo lo que estaba en nuestras manos, ahora sugiero que, si creen en Dios, recen, porque no hay nada más que hacer. Si pasamos la noche, mañana a primera hora lo operamos, sin saber qué encontraremos”. RECEN, PORQUE NO HAY NADA MÁS QUE HACER, y ahí me congelé, el mundo dejó de girar, el silencio se hizo insoportable, los colores se hicieron grises; cuando siento el abrazo de mi mamá, amoroso, comprensivo, ese abrazo que solo una madre puede dar “no entiendo nada de lo que está pasando, no entiendo por qué me lo quieren quitar”, le dije, antes de unir nuestro dolor en ese abrazo.

 

Para tratar de cambiar de aire y despejar la mente, salimos a cenar a algún restaurante cercano; para mí, no había nada que pudiera cambiar el “switch” en mi cabeza, mientras mi niño seguía en la batalla, luchando por su vida. En realidad yo prefería estar lo más cerca de él que se pudiera, quería susurrarle muy cerquita “que todo estaría bien, que mamá y papá lo amábamos, que no estaba sólo, que estábamos orgullosos de él, que lo necesitaba tanto, que no se dejara vencer”, pero casi a la fuerza nos llevaron, así que a lo lejos me concentré con todas mis fuerzas para que ese mensaje le llegara, de todas formas. Unos minutitos más tardes llegó mi Tía Conchita, siempre tan simpática, alegre y ocurrente, tan sensible, tan llena de vida y buena energía, y con una gran sonrisa y fuertísimo abrazo me dice “¡¡MARCELITO VA A ESTAR MUY BIEN, QUE NO VES QUE ES DOMINGO DE RESURECCIÓN!!”……….

 

Y fue entonces que empecé a sentirme mejor, fue como si le hubiera echado algunas monedas a la maquina generadora de fe y esperanza. Y fue entonces que empecé a creer que mi bebé saldría victorioso, pues Jesús estaba con él, renaciendo en él.

 

Ese día, domingo 12 de abril del año 2009, MARCELO RENACIÓ, Y CON ÉL, RENACIÓ JESÚS EN NUESTRAS VIDAS (sí, soy católica, pero respeto cualquier otra creencia). Y, así, es como ese domingo negro, se convirtió en un nuevo comienzo, uno cargado de esperanza.

 

Hoy, Marcelo tiene 5 años. Irremediablemente, las secuelas de aquel domingo han sido importantes, una lesión neurológica que ha impactado en su motricidad y lenguaje, principalmente. Sin lugar a dudas, nadie hubiéramos querido que esto sucediera, sin embargo, esa experiencia hizo que hoy mi niño sea quién es y, ¿saben algo?, éste es el Marcelo que quiero, al que amo con todas mis fuerzas, el que me ha dado tanto, el que me hace tan feliz, el que, estoy segura, que aquel domingo 12 de abril del 2009, renació para transformar todo cuanto ve y toca, para contagiar a quienes estamos cerca de su luz, de su fortaleza, de su alegría eterna y sus ganas inmensas de vivir.

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